miércoles, 31 de mayo de 2017

El amor es un virus

Nos hace falta enamorarnos cada día de lo mismo,
y hacerlo distinto.
De la nostalgia incurable,
o de cómo unos ojos logran golpearte el corazón.

De ese recuerdo despeinado
en el que su voz se volvía viento
y rompía las olas en cada vaivén.

De la libertad que nos quema en las manos
y no sabemos qué hacer con ella.
O de aprender dos maneras distintas de respirar.

Nos hace falta enamorarnos cada día de lo mismo
y hacerlo distinto,
de mudar la piel
y dejar que cada orgasmo
tenga su explosión.

Porque el amor,
como un virus,

siempre acaba contagiando.

miércoles, 12 de abril de 2017

Dicen que es invierno en el alma cuando ésta está sola

Dicen que es invierno en el alma cuando ésta está sola
y que el corazón se siente triste
porque tiene frío.

Hoy es primavera y parece que tirito,
parece, no lo sé;
parece que tiembla algo dentro de mi pecho.


Soy yo, tengo frío.

Dicen que los ojos guardan melancolía
y en las manos llevamos las caricias de la vida
que se caen al derramarse una lágrima.

Lloramos cuando tenemos las manos vacías
y el hueco de la nostalgia de los recuerdos que ya no alcanzamos
se llena de aire.

Dicen,
que es invierno en el alma
cuando ésta está sola
y necesita ayuda.
Sin embargo no la busca,
se queda ahí,
quieta;
porque hay soledades que se acaban olvidando.

                                                                Ilustración de Paula Bonet

lunes, 3 de abril de 2017

Girando en pausa

Aquella noche
tu corazón acelerado latía cada vez con más fuerza
mientras yo esperaba, con los ojos cerrados,
escuchando cómo retumbaba
a que te llegara la tranquilidad.
Pero seguro que si te hubieras escuchado,
habrías sentido lo mismo que yo.

En cuestión de segundos caí,
como tantas otras veces en la cuenta,
de que ésta siempre nos quedó pendiente
y me equivoco por la costumbre de errar.

Erramos por el nudo de los hilos que nos atan,
de tus letras y mi letras,
del lugar que ocupas en mi clavícula.
De la manera en la que el ritmo no aguanta
cuando nada va bien,
o de cómo los tramos de mi piel
reconocen las huellas de tus dedos.

Aquella noche yo me dormí
pensando en las líneas que iba escribirte,
en no recordar en mirar el pasado.
Me dormí con cada choque de los latidos de tu pecho
esperando entender por qué me niego,
si ya has entrado aquí, donde habita el dolor,

y no te ha importado quedarte.

Aquí, donde mi razón no reacciona
cuando te miro y empezamos a girar.

martes, 14 de febrero de 2017

Parece que soy yo

En ocasiones
nos enfrentamos a esos momentos
en los que no le encontramos el sentido a nada,
y lo que sobra parece que precisamente
es todo a nuestro alrededor.
Son esos diluvios
en los que la ilusión se descuelga
y no sé por qué pieza empezar para reconstruirme,
porque no me encuentro.
No me encuentro en mi reflejo en el espejo,
en las costillas que se salen de mi pecho
ni en la prisa que tengo al andar,
cuando en realidad no llego tarde a ningún sitio.
No me encuentro siquiera en estas manos con las que me construyo,
y veo todo lo que estaba cerca de mí como extraño
porque lo que de verdad ocurre
es que no me reconozco.
Algo ha cambiado en todo este tiempo,
parece que soy yo.


jueves, 19 de enero de 2017

La triste historia de la melancolía

Al caer el otoño me vi renacer
en ese dolor en el que siempre habito,
en la triste melancolía de aquella persona,
escuálida y sin apenas fuerzas,
que lucha consigo misma
para desatarse de los hilos del ayer.

Los árboles dejaban caer sus hojas
como yo intento desprenderme de todo el sobrante
que todavía queda en alguno de mis vértices.
Así como el calendario tira de sus páginas
y los meses se aceleran sin que sepamos
que aquello que nos consume no es otra cosa sino el tiempo.

Y el viento traía el ladrido de los perros que se mueren de hambre,
al igual que yo me muero de pena intentando ordenar palabras
y esconder recuerdos de un pasado
que tal vez se quiso olvidado,
pero siempre acabó colándose con una lágrima dentro del ojo.

Porque nosotras, las personas,
por mucho tiempo que pase y nos consuma,
siempre sabremos más hablar de dolor
que de la comida que se sirve en la cena.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Fumadora pasiva

Cuídame como si mi fragilidad fuera la tuya,
como si verme llorar fuese tu debilidad.

Hazme tuya con esmero y sin reparos, 
ajustando todas las cuentas pendientes 
que se ahogan en el espacio que nos separa.

Cúrame de día del dolor 
y ayúdame a dormir por la noche 
sin temer a todos esos demonios que no provienen de ti.

Abrázame como si no notaras mis huesos en tus brazos al rodearme,
y que me sienta protegida por ese momento.

Rueda conmigo por la alfombra 
y hazme volar convirtiéndote de nuevo 
en un desastre natural que no destroza todo a su paso, 
sino que sólo lo revoluciona.

Recuerda esta parada, 
como aquel pasajero de tren que siempre vuelve al mismo lugar
donde los recuerdos se renuevan y la piel se funde.

Lléname los pulmones del humo que exhalas
para recordar la aceleración en mi pecho 
cuando las habitaciones quedan cerradas.

Ayúdame a perdonarte cuando no estés
y recurra a las palabras para trazar 
y marcar el tiempo en el que me visitas.

Pero no dejes de quererme a nuestra manera,
porque no hay infinitud más profunda
que la de dos que vuelven a refugiarse juntos
después de la sequía del desierto.

lunes, 17 de octubre de 2016

Ellas

En el comienzo, todos unimos puntos grises
hasta que formamos nombres asociados a una forma.
Ellas aparecieron tímidas,
imitando un sonido paterno que en nuestra voz parecía mudo.

Se reúnen en una palabrera que aumenta con el tiempo
empezando en el recreo del colegio,
donde los adjetivos dejan de tener frío
para ser casados con un nombre.

Con el tiempo conocemos más,
acabamos llevándolas a casa
y nos tomamos un café con ellas
hasta que aparecen con normalidad todos los días.

En ocasiones, no sabemos encontrar la adecuada,
la escuchamos en otra voz
y nos enfadamos con nosotros mismos
cuando aparece la que le da el nombre al silencio.

Ellas fueron escritas a lápiz
hasta que la tinta manchó el papel;
y a veces unas se pronuncian más fuerte que otras
cuando no nos dejan hablar.

Ellas, las palabras, son las que siempre nos acompañan
y nos pintan sin tener que dibujarnos al lado;
nos calman y nos inquietan a partes iguales.
Son el germen de los mares de dudas y el eco del que piensa.

Son las que dan vida al escritor,
dejan sus huellas y ocupan sus días
esperando a que en el aire aparezca la musa
que abre el camino y las ordena.

Rebusca en su almacén las más olvidadas
y las contempla como si se tratase de un recuerdo,
como la sombra de aquel niño
que aprendía con torpeza a no dejar de poner los acentos.

A todas considera únicas
y juega con ellas
pintando una rayuela en el suelo del poema.

Las cura de los errores y las cuida
dándoles el lugar que se merecen en su hogar,
uniendo a sujeto y predicado cuando a éste se le abandona,
como a veces hacemos con nosotros cuando gana el egoísmo.

Con ellas, perfila sus rarezas, conversa con la Luna y crea ciudades,
y cuando está solo en casa y escucha un ruido,
busca en los armarios y abre los cajones
esperando a que se dejen ver en desorden.

Sabe que traen sueños rotos, banderas sin viento que las mueva,
un río para un barco de papel que se deshace con la lluvia,
y la libertad de quien está solo.

Pero nunca traen olvido;

sólo memorias que aún están por contar.