sábado, 20 de abril de 2019

Apaga la luz


Hoy me derramo ante ti,
quiero contarte algo tan doloroso
como no saber que toda tu vida cae en el olvido,
como perder a un hijo que aún no ha nacido.

Te enseño mi angustia,
tan pura y a la vez dura,
que vive en una realidad 
compartida por aquellas mujeres 
de las que crecemos,
aprendemos
y lloramos.

Apago la luz,
no aguanto el destello.
Quiero sentir el vacío que dejas
al no ocupar hueco en mí.


jueves, 30 de agosto de 2018

Me parece que no

Puedo sentirme ausente de mí misma
y hablar desde la voz del viejo fantasma, 
anotar los pasos que acierto
y mirarme frente al espejo
como si desafiase a la memoria
para intentar reconocerme
y ver que sigo siendo yo.
He tenido miedo de cambiar, 
de no ser quien fui
ni parecerme.

Y ya no me parezco.





jueves, 19 de julio de 2018

Vivir en el desierto


En esta ciudad en la que se respira viento y arena,
donde una luz de cristal ciega desde el cielo
y la saliva sabe a sal de mar,
yo me consumo.
A veces,
parece que desde la orilla el dolor nos es ajeno
y el corazón mojado disimula el llanto
de las historias que se cuentan con la lengua seca del desierto,
pero ni las aguas azules
ni las pitas emborronadas en el horizonte ardiente
han adoptado la forma de un espejismo
con el que encontrar un poco de vida en este sitio.
Vivir en el desierto es quedarse dormido
y despertar con el golpe de las olas
sin unas manos cerca que nos saquen a flote,
es retener la memoria en las playas
cuando las calles están repletas de almas despobladas
y en cada esquina hay un náufrago que llega tarde
al encuentro con su soledad.
En aquellas mañanas,
de esas de sábado,
cuando las personas suelen cubrirse de felicidad,
en un lado encuentro deseos acumulados y ansias de vida,
y en otro,
palabras y piedras que se hundieron cuando subió la marea,

con este cuerpo, tan torpe y pequeño,
cansado de nadar,
cansado de entornar los ojos,
cansado de tanto mar
y de vivir en el desierto.















miércoles, 21 de marzo de 2018

La poesía es una taza sin bordes


Tengo encima de la mesa un gran montón de libros
donde intento buscar las palabras adecuadas
y expresar lo que llevo dentro.
Voy detrás de esas que calquen aquello que todos sentimos
pero ninguno sabemos explicar.
Aquello que se nos escapa de la lengua,
que se desborda de las miradas,
lo que se vive en una habitación donde no hay lugar para las palabras.
Buscarle forma a las cosas que no crees que tienen forma,
inventarle el sentido a los días monótonos,
decirle al cielo su color exacto.
De eso trata la poesía,
de quitarnos las sensaciones y hacerlas letra,
de plasmar en el papel lo que significa un abrazo,
una lágrima o incluso un adiós.
Porque aunque la poesía no pueda salvarnos la vida,
sí que nos hace embellecerla,
contándote lo que siento cuando el viento mueve tu pelo,
cuando llega el invierno
o cuando te veo dormir.

sábado, 3 de marzo de 2018

Tomarse el pulso

Me gustan los días de lluvia
porque puedo encontrarme con mi soledad 
en el silencio de mi habitación.
Me resguardo del exterior
mientras escucho las gotas golpear el cristal de la ventana
al mismo ritmo que los latidos de mi pecho
me recuerdan que estoy viva,
que sigo aquí y no me he ido.


He necesitado tiempo para saber
que uno no tiene por qué esconderse cuando no ocurre nada malo
y que cuando suspiramos repetidamente
es porque echamos de menos
una mano amiga que estrechar en el camino
y te arrope en un abrazo que te queme el pecho.

Pero yo necesito continuar.

Desde hace mucho tiempo
sostengo con unas manos agrietadas
un corazón casi inerte que no sabe a dónde ir,
que ya no se encuentra.
Hace mucho que no me tomo el pulso
ni contengo la respiración
cuando los nervios agobian mi paso por los días,
porque las semanas pasan
y yo sigo en el mismo punto del trayecto que ayer.

Hoy, me paro a observar y escucho
a los coches pasar sobre la lluvia del asfalto
y pienso en no detenerme nunca más,
aunque se acabe el mundo.






















Foto de Carlos Riga

martes, 28 de noviembre de 2017

Siempre fuimos nuestros

Tal vez las malas noches me recuerden
que lloro mientras duermo
cuando tengo miedo en sueños
y tus labios en mi frente
sólo sean la garantía de que todo lo malo
se queda en una pesadilla.
Me miro en unos ojos
que reflejan verdad
y me cuesta ponerme a pensar
en los tropiezos de un pasado incierto
cuando contemplo la magnitud de nuestro futuro,
a través de mis deseos.

Ahora,
me paro a mirarte con alevosía,
sin que te des cuenta
y pienso en qué parte
quiero perderme, una vez más,
por el laberinto de tu cuerpo.


Ilustración de Sara Herranz

martes, 17 de octubre de 2017

Ático cuarto

Escribo porque con las manos,
atadas a la espalda,
no se puede vivir.
Hace tiempo escuché que,
cuando muere un escritor,
sus letras viven pare siempre,
porque hay cielo para la tinta.
Escribir,
porque no existe otra forma
de salir del infierno que no sea
volando a través de las llamas
que desprenden las letras.
Para contar las heridas que se cierran,
las vidas perdidas
y los nuevos vientos.
Pero es que contar la vida,
no es acaso,
el modo más profundo de vivirla.