jueves, 19 de julio de 2018

Vivir en el desierto


En esta ciudad en la que se respira viento y arena,
donde una luz de cristal ciega desde el cielo
y la saliva sabe a sal de mar,
yo me consumo.
A veces,
parece que desde la orilla el dolor nos es ajeno
y el corazón mojado disimula el llanto
de las historias que se cuentan con la lengua seca del desierto,
pero ni las aguas azules
ni las pitas emborronadas en el horizonte ardiente
han adoptado la forma de un espejismo
con el que encontrar un poco de vida en este sitio.
Vivir en el desierto es quedarse dormido
y despertar con el golpe de las olas
sin unas manos cerca que nos saquen a flote,
es retener la memoria en las playas
cuando las calles están repletas de almas despobladas
y en cada esquina hay un náufrago que llega tarde
al encuentro con su soledad.
En aquellas mañanas,
de esas de sábado,
cuando las personas suelen cubrirse de felicidad,
en un lado encuentro deseos acumulados y ansias de vida,
y en otro,
palabras y piedras que se hundieron cuando subió la marea,

con este cuerpo, tan torpe y pequeño,
cansado de nadar,
cansado de entornar los ojos,
cansado de tanto mar
y de vivir en el desierto.















miércoles, 21 de marzo de 2018

La poesía es una taza sin bordes


Tengo encima de la mesa un gran montón de libros
donde intento buscar las palabras adecuadas
y expresar lo que llevo dentro.
Voy detrás de esas que calquen aquello que todos sentimos
pero ninguno sabemos explicar.
Aquello que se nos escapa de la lengua,
que se desborda de las miradas,
lo que se vive en una habitación donde no hay lugar para las palabras.
Buscarle forma a las cosas que no crees que tienen forma,
inventarle el sentido a los días monótonos,
decirle al cielo su color exacto.
De eso trata la poesía,
de quitarnos las sensaciones y hacerlas letra,
de plasmar en el papel lo que significa un abrazo,
una lágrima o incluso un adiós.
Porque aunque la poesía no pueda salvarnos la vida,
sí que nos hace embellecerla,
contándote lo que siento cuando el viento mueve tu pelo,
cuando llega el invierno
o cuando te veo dormir.

sábado, 3 de marzo de 2018

Tomarse el pulso

Me gustan los días de lluvia
porque puedo encontrarme con mi soledad 
en el silencio de mi habitación.
Me resguardo del exterior
mientras escucho las gotas golpear el cristal de la ventana
al mismo ritmo que los latidos de mi pecho
me recuerdan que estoy viva,
que sigo aquí y no me he ido.


He necesitado tiempo para saber
que uno no tiene por qué esconderse cuando no ocurre nada malo
y que cuando suspiramos repetidamente
es porque echamos de menos
una mano amiga que estrechar en el camino
y te arrope en un abrazo que te queme el pecho.

Pero yo necesito continuar.

Desde hace mucho tiempo
sostengo con unas manos agrietadas
un corazón casi inerte que no sabe a dónde ir,
que ya no se encuentra.
Hace mucho que no me tomo el pulso
ni contengo la respiración
cuando los nervios agobian mi paso por los días,
porque las semanas pasan
y yo sigo en el mismo punto del trayecto que ayer.

Hoy, me paro a observar y escucho
a los coches pasar sobre la lluvia del asfalto
y pienso en no detenerme nunca más,
aunque se acabe el mundo.






















Foto de Carlos Riga

martes, 28 de noviembre de 2017

Siempre fuimos nuestros

Tal vez las malas noches me recuerden
que lloro mientras duermo
cuando tengo miedo en sueños
y tus labios en mi frente
sólo sean la garantía de que todo lo malo
se queda en una pesadilla.
Me miro en unos ojos
que reflejan verdad
y me cuesta ponerme a pensar
en los tropiezos de un pasado incierto
cuando contemplo la magnitud de nuestro futuro,
a través de mis deseos.

Ahora,
me paro a mirarte con alevosía,
sin que te des cuenta
y pienso en qué parte
quiero perderme, una vez más,
por el laberinto de tu cuerpo.


Ilustración de Sara Herranz

martes, 17 de octubre de 2017

Ático cuarto

Escribo porque con las manos,
atadas a la espalda,
no se puede vivir.
Hace tiempo escuché que,
cuando muere un escritor,
sus letras viven pare siempre,
porque hay cielo para la tinta.
Escribir,
porque no existe otra forma
de salir del infierno que no sea
volando a través de las llamas
que desprenden las letras.
Para contar las heridas que se cierran,
las vidas perdidas
y los nuevos vientos.
Pero es que contar la vida,
no es acaso,
el modo más profundo de vivirla.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Quien te besa los ojos te está cuidando bien


Desde que tú y yo somos
no hay palabras que expresen mejor
lo que me dice tu mirada,
ni noche en la que no explore descalza
el contorno de todo tu cuerpo.
No hay inviernos solitarios en los que vagar
ni autobuses vacíos de ganas para viajar de noche
y llegar a otra ciudad
en la que siga sintiéndome igualmente tuya.

En el tiempo que transcurre
mientras mi fragilidad
se disfraza de fortaleza,
aquella que me brindas,
escribo versos que ya no lloran
al no pertenecer a un corazón marchito,
sino a alguien que se siente protegido en un abrazo.

Desde que tú y yo somos
sé que quien te besa los ojos
te está cuidando bien,
y que acostumbrarse
puede ser algo realmente hermoso.

Y hoy,
hoy sólo sé,
que el reflejo más limpio
es el de mis ojos en los tuyos
cuando me despierto.


martes, 1 de agosto de 2017

Melancolía de verano

Cayó el verano,
ese estado transitorio de melancolía
que invade los cuerpos que todavía
no se han acostumbrado a soportar la tempestad.

Las flores secas, muertas,
el viento acalorado,
las orillas colmadas de risas festivas
que desaparecen como las huellas de los pies
cuando las cubre el mar.

A veces el día regala ráfagas de sol
y destellos de vida
entre el aire congestionado de sal
y los niños que esperan ansiosos
la hora de la sesión en el cine de verano.

Ellos no conocen su tempestad,
aquella que cuerpos como el mío no resisten
porque viven mejor en las mañanas de invierno,
tan glaciares.

Pero siempre llega la lluvia de mitad de agosto
y con ella la verdad más clara:
que el estío anuncia su fin,
que nos volvemos materia escuálida y más deshumanizada,
que las voces resuenan en el mar pero el otoño nos pisa los pies
porque el tiempo pasa demasiado rápido
y nos abruma cambiar de luna por otra que se vista de rutina.