martes, 17 de octubre de 2017

Ático cuarto

Escribo porque con las manos,
atadas a la espalda,
no se puede vivir.
Hace tiempo escuché que,
cuando muere un escritor,
sus letras viven pare siempre,
porque hay cielo para la tinta.
Escribir,
porque no existe otra forma
de salir del infierno que no sea
volando a través de las llamas
que desprenden las letras.
Para contar las heridas que se cierran,
las vidas perdidas
y los nuevos vientos.
Pero es que contar la vida,
no es acaso,
el modo más profundo de vivirla.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Quien te besa los ojos te está cuidando bien


Desde que tú y yo somos
no hay palabras que expresen mejor
lo que me dice tu mirada,
ni noche en la que no explore descalza
el contorno de todo tu cuerpo.
No hay inviernos solitarios en los que vagar
ni autobuses vacíos de ganas para viajar de noche
y llegar a otra ciudad
en la que siga sintiéndome igualmente tuya.

En el tiempo que transcurre
mientras mi fragilidad
se disfraza de fortaleza,
aquella que me brindas,
escribo versos que ya no lloran
al no pertenecer a un corazón marchito,
sino a alguien que se siente protegido en un abrazo.

Desde que tú y yo somos
sé que quien te besa los ojos
te está cuidando bien,
y que acostumbrarse
puede ser algo realmente hermoso.

Y hoy,
hoy sólo sé,
que el reflejo más limpio
es el de mis ojos en los tuyos
cuando me despierto.


martes, 1 de agosto de 2017

Melancolía de verano

Cayó el verano,
ese estado transitorio de melancolía
que invade los cuerpos que todavía
no se han acostumbrado a soportar la tempestad.

Las flores secas, muertas,
el viento acalorado,
las orillas colmadas de risas festivas
que desaparecen como las huellas de los pies
cuando las cubre el mar.

A veces el día regala ráfagas de sol
y destellos de vida
entre el aire congestionado de sal
y los niños que esperan ansiosos
la hora de la sesión en el cine de verano.

Ellos no conocen su tempestad,
aquella que cuerpos como el mío no resisten
porque viven mejor en las mañanas de invierno,
tan glaciares.

Pero siempre llega la lluvia de mitad de agosto
y con ella la verdad más clara:
que el estío anuncia su fin,
que nos volvemos materia escuálida y más deshumanizada,
que las voces resuenan en el mar pero el otoño nos pisa los pies
porque el tiempo pasa demasiado rápido
y nos abruma cambiar de luna por otra que se vista de rutina.









miércoles, 31 de mayo de 2017

El amor es un virus

Nos hace falta enamorarnos cada día de lo mismo,
y hacerlo distinto.
De la nostalgia incurable,
o de cómo unos ojos logran golpearte el corazón.

De ese recuerdo despeinado
en el que su voz se volvía viento
y rompía las olas en cada vaivén.

De la libertad que nos quema en las manos
y no sabemos qué hacer con ella.
O de aprender dos maneras distintas de respirar.

Nos hace falta enamorarnos cada día de lo mismo
y hacerlo distinto,
de mudar la piel
y dejar que cada orgasmo
tenga su explosión.

Porque el amor,
como un virus,

siempre acaba contagiando.

miércoles, 12 de abril de 2017

Dicen que es invierno en el alma cuando ésta está sola

Dicen que es invierno en el alma cuando ésta está sola
y que el corazón se siente triste
porque tiene frío.

Hoy es primavera y parece que tirito,
parece, no lo sé;
parece que tiembla algo dentro de mi pecho.


Soy yo, tengo frío.

Dicen que los ojos guardan melancolía
y en las manos llevamos las caricias de la vida
que se caen al derramarse una lágrima.

Lloramos cuando tenemos las manos vacías
y el hueco de la nostalgia de los recuerdos que ya no alcanzamos
se llena de aire.

Dicen,
que es invierno en el alma
cuando ésta está sola
y necesita ayuda.
Sin embargo no la busca,
se queda ahí,
quieta;
porque hay soledades que se acaban olvidando.

                                                                Ilustración de Paula Bonet

lunes, 3 de abril de 2017

Girando en pausa

Aquella noche
tu corazón acelerado latía cada vez con más fuerza
mientras yo esperaba, con los ojos cerrados,
escuchando cómo retumbaba
a que te llegara la tranquilidad.
Pero seguro que si te hubieras escuchado,
habrías sentido lo mismo que yo.

En cuestión de segundos caí,
como tantas otras veces en la cuenta,
de que ésta siempre nos quedó pendiente
y me equivoco por la costumbre de errar.

Erramos por el nudo de los hilos que nos atan,
de tus letras y mi letras,
del lugar que ocupas en mi clavícula.
De la manera en la que el ritmo no aguanta
cuando nada va bien,
o de cómo los tramos de mi piel
reconocen las huellas de tus dedos.

Aquella noche yo me dormí
pensando en las líneas que iba escribirte,
en no recordar en mirar el pasado.
Me dormí con cada choque de los latidos de tu pecho
esperando entender por qué me niego,
si ya has entrado aquí, donde habita el dolor,

y no te ha importado quedarte.

Aquí, donde mi razón no reacciona
cuando te miro y empezamos a girar.

martes, 14 de febrero de 2017

Parece que soy yo

En ocasiones
nos enfrentamos a esos momentos
en los que no le encontramos el sentido a nada,
y lo que sobra parece que precisamente
es todo a nuestro alrededor.
Son esos diluvios
en los que la ilusión se descuelga
y no sé por qué pieza empezar para reconstruirme,
porque no me encuentro.
No me encuentro en mi reflejo en el espejo,
en las costillas que se salen de mi pecho
ni en la prisa que tengo al andar,
cuando en realidad no llego tarde a ningún sitio.
No me encuentro siquiera en estas manos con las que me construyo,
y veo todo lo que estaba cerca de mí como extraño
porque lo que de verdad ocurre
es que no me reconozco.
Algo ha cambiado en todo este tiempo,
parece que soy yo.


jueves, 19 de enero de 2017

La triste historia de la melancolía

Al caer el otoño me vi renacer
en ese dolor en el que siempre habito,
en la triste melancolía de aquella persona,
escuálida y sin apenas fuerzas,
que lucha consigo misma
para desatarse de los hilos del ayer.

Los árboles dejaban caer sus hojas
como yo intento desprenderme de todo el sobrante
que todavía queda en alguno de mis vértices.
Así como el calendario tira de sus páginas
y los meses se aceleran sin que sepamos
que aquello que nos consume no es otra cosa sino el tiempo.

Y el viento traía el ladrido de los perros que se mueren de hambre,
al igual que yo me muero de pena intentando ordenar palabras
y esconder recuerdos de un pasado
que tal vez se quiso olvidado,
pero siempre acabó colándose con una lágrima dentro del ojo.

Porque nosotras, las personas,
por mucho tiempo que pase y nos consuma,
siempre sabremos más hablar de dolor
que de la comida que se sirve en la cena.