Yo la tristeza la uso para saber que mi memoria sigue viva,
porque no hay tristeza que sirva para olvidar.
Hay algo que aún ignoro,
que los recuerdos no se van con los gritos.
Hoy sentí una tristeza de esas que dan ganas de abrazar.
La miré y pude comprenderla, porque escribir no sólo es volar,
también es caer.
domingo, 29 de junio de 2014
jueves, 15 de mayo de 2014
Diálogo en vertical.
- ¿Y cómo era ella?
- Ella era... En realidad después de tantos años no sabría cómo definirla aún, o ni tan siquiera describirla.
- Entonces, ¿cómo la recuerdas?
- La recuerdo tal cual, con su pelo largo y demasiado planchado tras el que se escondía y dejaba enredar sus dedos. Ella era terciopelo, parecía tímida pero resultaba ser bien descarada, y eso me gustaba.
A veces conseguía desconcertarme por completo, no te niego que era una mujer muy irritante, en ocasiones estresante, pero iba dentro de su forma de ser. Era la razón perfecta para volverse loco.
De su tacto colgaban precipicios a medida que te encontrabas con cada uno de sus vértices, pero eran precipicios a los que cualquiera hubiera dado la vida para arrojarse sobre ellos, al menos yo. Y de tantas veces que me tiré con los ojos cerrados vi que siempre hay un lugar más abajo donde caer. Ese lugar es este hablar de dolor, que ahora es lo que menos duele, porque todo lo demás se ha hecho insoportable...
Tenía la piel blanca y la mirada inocente. Aún guardo un poco de esa inocencia en algún rincón de mi alma y quizás por eso la sigo considerando una niña. Pero ella era un gigante con apariencia de hormiga.
- Hablas de ella como si estuviera más lejos de la distancia que suponen los kilómetros.
- Y así es...
Huir es la mejor forma de hacerse el sordo cuando algo no tiene remedio. No niego que podríamos haber encontrado una solución, pero a nosotros simplemente nos tocó ser, ser sintiendo desde dentro.
Sabes... hay canciones que llevan a paraísos perdidos y cada vez que escucho alguna de tantas que fueron nuestras me acuerdo de ella. Se avalanchan millones de recuerdos en apenas una décima de segundo a mi cabeza y me abro en canal dejando ver lo que realmente soy, o lo que solía ser. Entonces la extraño tanto como si nunca la hubiera conocido aunque por suerte no sea así.
La distancia no tiene un significado estático, para mí se hace verso en la carretera o en las vías del tren que me trajeron a este lugar mientras iba vaciando mi corazón de suspiros y llenando de nubes mi alma para no ver su cara y olvidarme de esos ojos vacíos. Pero supongo que la melancolía es una sustancia que se alimenta de sí misma y poco o nada se puede hacer en su contra, nada que no sea dejar que el tiempo me acabe cegando, pero el tiempo se ha convertido en un lento y terrible caer.
Cuando es de noche siempre tengo esa sensación de que por mucho que respire no consigo llenar de aire el vacío que llevo dentro, es cuando más reflexiono y llego a tantas conclusiones, a veces demasiadas...
Entre ellas, llegué a la teoría de que de amor sólo se muere cuando se pasa demasiado tiempo pensando en cuánto duele. De que arrepentirse en presencia de la soledad es de cobardes y que en esas noches en las que ella prefería llorar no era por probar el sabor de sus lágrimas, ese suave sabor a sal.
- Imagina que la ves algún día otra vez.
- Eso es imposible Paul, ella... ella está más lejos que la distancia misma. Además, la imaginación es ingrávida, se llega más lejos con la cabeza en las nubes que con los pies en la tierra.
- Pero aunque sea imposible seguro que tendrías muchas cosas que decirle.
- Las hay.
Aunque si te soy sincero me costaría ordenar en mi cabeza tantas palabras. Han pasado muchos años y ahora es todo distinto.
De lo que sí estoy seguro es que le daría las gracias por todo. Sobre todo por haberme hecho conocerme a mí mismo. Por enseñarme a escuchar en acústico los sentimientos, brotando de acordes, de caricias sin tacto, de saber que lo mejor de una canción es cuando llega la parte en la que te acuerdas de alguien y cierras los ojos para cantarla. Por nosotros.
Nosotros fuimos dos personas que encontraron la felicidad por su manera de vivir despacio, por saber leerse entre líneas, incluso cuando entendíamos la frase que se salía del renglón.
Aunque haya intentado mezclar el odio y el amor como si fueran café y azúcar, lo sigo derramando cada vez que pongo en marcha un olvido aberrante, un abandono efervescente de mí mismo y el deseo de huir. Eso es a lo que hemos llegado.
De ella solo me quedaron los recuerdos de un amor pasado que guardo y saco a pasear cuando hace frío, canciones en las que solía contar los minutos en momentos y una fecha caducada.
Pero sin más, sé que al leernos nos seguimos buscando el uno al otro y me basta con saber que simplemente fuimos lo que nos tocó ser y sentirnos distanciados es la razón para no querer ser diferentes, sino nosotros mismos.
(Capítulo aislado de Delapso en Lisboa)
sábado, 5 de abril de 2014
Sin sentido y de corazón escribo. Aunque ni yo me entienda.
Estoy acostumbrada a verme morir por dentro, a verme la cara sin motivos, a sentir la lengua de piedra. Escribía cartas desde el círculo polar y recibía notas desde los infiernos.
Entre tanto y poco mataba las ganas de acabar la maleta para marcharme y dejar mis letras con poesía allá donde alguien las entienda, o me entienda.
Pero no me hundo, porque de un tiempo a esta parte comprendí que lo mejor aun queda por delante. En realidad no tengo a quien odiar, quizás es esa sensación de echar de menos cuando algo está de más. Cuando todo lo está, además de mí.
Me baso en viejas canciones, en historias antiguas que inventé o ya estaban empezadas y me limité a continuar. Escribo ciega y sin argumentos, con el corazón sordo porque chillé tan fuerte que lo dejé exhausto, sin fuerzas ni para tan siquiera recomponerse. Dicen que el grito siempre vuelve y yo lo siento en mi cabeza como un zumbido que se repite en mi mente de forma intermitente. Ha llegado al punto de marcar mis latidos y recordarme que sobrevivo de la mano de viejas historias incompletas, que no acabé por miedo a terminar y no tener otro punto de inspiración cuando cojo el lápiz. El mismo lápiz que adorna las paredes de mi habitación y me arropa del frío, el que me pega contra la puerta para convencerme a mí misma de ser valiente.
Me he peleado tantas veces con el tiempo, apaciguando mi ansiedad para intentar encerrarlo todo en un solo momento. Ahora cambio este puñado de segundos para poder perderme entre los ojos de la gente como lo hago entre letra y letra. Por esconderme en mi risa y evitar las lágrimas que parecen lluvia.
Ahora me acaricio yo por dentro.
Entre tanto y poco mataba las ganas de acabar la maleta para marcharme y dejar mis letras con poesía allá donde alguien las entienda, o me entienda.
Pero no me hundo, porque de un tiempo a esta parte comprendí que lo mejor aun queda por delante. En realidad no tengo a quien odiar, quizás es esa sensación de echar de menos cuando algo está de más. Cuando todo lo está, además de mí.
Me baso en viejas canciones, en historias antiguas que inventé o ya estaban empezadas y me limité a continuar. Escribo ciega y sin argumentos, con el corazón sordo porque chillé tan fuerte que lo dejé exhausto, sin fuerzas ni para tan siquiera recomponerse. Dicen que el grito siempre vuelve y yo lo siento en mi cabeza como un zumbido que se repite en mi mente de forma intermitente. Ha llegado al punto de marcar mis latidos y recordarme que sobrevivo de la mano de viejas historias incompletas, que no acabé por miedo a terminar y no tener otro punto de inspiración cuando cojo el lápiz. El mismo lápiz que adorna las paredes de mi habitación y me arropa del frío, el que me pega contra la puerta para convencerme a mí misma de ser valiente.
Me he peleado tantas veces con el tiempo, apaciguando mi ansiedad para intentar encerrarlo todo en un solo momento. Ahora cambio este puñado de segundos para poder perderme entre los ojos de la gente como lo hago entre letra y letra. Por esconderme en mi risa y evitar las lágrimas que parecen lluvia.
Ahora me acaricio yo por dentro.
jueves, 20 de marzo de 2014
Florecer.
Perdóname
soledad, pero necesitaba un recuerdo que me hiciera compañía. Lo he
buscado en la distancia y lo hallé en mi tiempo, tiempo que mido en
cicatrices.
El
frío me abandona y no sé florecer.
Estoy
aprendiendo, lo estoy intentando.
He
dejado de seguir paso a paso mi camino hacia la autodestrucción,
porque el miedo me asfixia cuando empiezo a acercarme a la marea que
trae y se lleva mis delirios, en un tibio balanceo de idas y venidas,
de noches en vela, de no saber, de no pensar.
Después
de tanto tiempo y llegados a este punto, he llegado a la conclusión
de que ni el más gélido frío pudo sacarme del descenso continuo y
de tanta espiral de tristezas. Pero tristeza es envejecer sin
sabiduría y sin haber dejado huellas en la arena. Son esos
tropiezos, algunos nos hacen más humanos y otros en cambio nos
insensibilizan.
Pero
mira qué irónicas las cosas, soledad, mientras huías te he ido
cosiendo a mi clavícula. Sin maquillar esas cicatrices de todas las
heridas y golpes que recibí y acabé siendo polvo.
Polvo
hecho flor, respiro profundo y tomo aire. Parpadeo y por más que
miro a mi alrededor no hallo el miedo que tenía a la sobreexplosión.
Despido los inviernos que siempre tatúo en mi piel, aguardan al próximo mientras la balanza de ropa se hace pluma y dejo que los rayos del sol me den luz, porque soy orilla de un abismo que no conoce su profundidad por haber quedado ciega.
Despido los inviernos que siempre tatúo en mi piel, aguardan al próximo mientras la balanza de ropa se hace pluma y dejo que los rayos del sol me den luz, porque soy orilla de un abismo que no conoce su profundidad por haber quedado ciega.
Es
este hablar de dolor lo que menos duele, porque todo lo demás se ha
hecho insoportable. Y ahora me cubro de amuletos para que la marea no
me ahogue y que no llegue a apretar mis vértices.
Y esta antítesis brutal me mantiene alerta.
Y esta antítesis brutal me mantiene alerta.
Quizás
haya sido el invierno más frío, quizás..
Quizás
ya haya aprendido a florecer por mí misma.
sábado, 8 de febrero de 2014
En el cuarto traste de una guitarra.
He
restablecido la luz en los rincones vacíos de mi inspiración.
Lo
hacía mientras nos electrificábamos al investigarnos con los pies
descalzos.
Mil
y un sueños de ciencia ficción, mi voluntad disoluble apretada con
una cejilla.
Sé
que estoy hecha de algún polvo y sé que al polvo he de volver,
pero
nunca tengo claro si era mágico, estelar o suciedad.
sábado, 1 de febrero de 2014
Febrero también merece ser escrito.
Febrero es el mes del polvo, de las
ruinas y las cenizas.
Es el ruido que produce el silencio y
te revienta los tímpanos y por mucho que grites no puedes escuchar
nada. Es el eco que se difumina en el pasado tatuado en forma de
recuerdos enviados por postal a esa casa en ruinas que es tu cabeza.
El desequilibrio de lo estático, la adicción a la contradicción y
otras ambigüedades profundas que dejan marca en la piel. Es la caída
desde el cielo en un día nublado y el vértigo al mirar desde el
filo del precipicio.
Febrero es ese suspiro. Es el suspiro
por el que se pierde toda la fuerza, es fragilidad, sencillez y el
comienzo para dejar de ser vulnerable al frío del desierto. Gélido,
implacable y duro, la base de otro pilar que será puesto a prueba
por el viento. El mismo viento que revolotea en tu pelo, lo enreda y
crea un laberinto de nudos que se enreda entre tus dedos.
Es el ronroneo de aquel gato color gris
atigrado que se duerme en mi balcón al atardecer.
Febrero es el mes del desastre, del
derrumbe.
El polvo que queda después del
incendio de aquel fuego que además de quemar el oxígeno, quema las
palabras.
Ese polvo que son las cenizas de las ruinas del desastre, de las que renacemos cada año.
martes, 3 de diciembre de 2013
Yo no quiero hablar de ti, no quiero hablar de mí.
El día que vuelva a escribir tal vez
lo haga sobre ti,
sobre tus sonrisas a media tarde, sobre
el cabreo que pillé aquel día,
sobre lo triste que estuve, o lo
incomprendida.
Tal vez escriba sobre él, sobre tu
ingenuidad,
sobre su ignorancia general o sobre mí,
sobre la pobreza, la falta de ímpetu,
la fragilidad sin elegancia.
Esa fragilidad que me deja contra el
sofá y no me deja hacer ninguna cosa.
Tal vez hable de todas las verdades,
tal vez de otras.
Pero mientras dejaré que mis vaguezas
venzan,
a cualquier otro impulso
y así no pensar en todas esas cosas
sobre las que debería estar escribiendo.
“Sigo durmiendo dentro de aquella
noche fría.”
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