A veces quisiera decirte que odio tu manera de pensar, tu forma de ser, tu indiferencia descarada. Quisiera saber por qué la máscara no descansa, por qué no dejas ver el interior, por qué no me dejas. A veces he intentado entrar, y parece que casi he metido medio pie, pero me doy la vuelta y vuelves a camuflarte. A veces quisiera decirte que no te entiendo, que por tu culpa no me entiendo, que desequilibras mis sentidos. Pero caigo en la cuenta de que son más las veces que no estás, que las que has pasado por mí.
El bar donde nos conocimos la semana pasada sigue igual, la barra, las luces, el baño. Aquí se esconde la intensidad de la primera noche, cuando salimos buscando el asiento trasero de tu coche. Como si la noche fuera para eso y los domingos por la tarde se limitaban a recordar lo que pasó sin ganas de madrugar el lunes. Hoy también es sábado por la noche y estoy al final de la barra donde me pusiste la mano en la pierna, pero esta vez tu coche no espera fuera; mañana también será domingo pero yo no tendré resaca ni me dolerán las piernas, y el lunes madrugaré pensando que he desperdiciado este fin de semana por haber vuelto al lugar donde nos conocimos pensando que te iba a ver y que volvería a pasar. Pero ya lo dijo Quique González, la suerte es una ramera de primera calidad.
Siempre nos veíamos en el mismo bar, yo sentada en la barra y él detrás. Hablábamos, bebíamos, y cuando nos emborrachábamos, nos comíamos con la mirada hasta que una noche me llevó a su casa y todo comenzó a pasar. La alegría de ver las sombras de su cuerpo sobre las sábanas de su cama, y las huellas que dejaba yo en ellas. El sudor y el vicio, la emoción al impacto. Sus manos que ya habían imaginado cómo robarme los suspiros y crearme una tormenta. El deseo no prestado que aumentaba por días a medida que subía el alcohol. Las noches suicidas de dos que necesitaban arrancarse una pena distinta cada cual del cuerpo que le correspondía. Y ya no hay sólo noches de barras de bar y sombras bajo el edredón, sino días donde él seguía algo más que el vuelo de mi falda y yo el arrecife de su boca. Y mientras, la ciudad nos vigilaba de cerca y veía nacer algo que aún no tenía nombre, pero predecía que era un viaje muy largo.
Hace tiempo que no te escribo. Ayer volví a escuchar la primera canción que me enseñaste. ¿La recuerdas? Seguro que sí. Llevaba tiempo sin ponerla, no me atrevía, no podía sabiendo que ya no es nuestra. Cuando empezó a sonar, cerré los ojos y por un momento pareció que era como antes, pero acabé volviendo a la triste realidad. Es esa canción, esa maldita canción. No sé por qué decidí escucharla otra vez, si me dejaste con las ganas de decirte lo mucho que iba a echarte de menos. Y a día de hoy no encuentro cómo hacerlo, si nunca contestas y tampoco creo que vayas a hacerlo. Esa canción debería dejar de existir por hacerme recaer en esta realidad tan triste. Pero lo más triste que le ha pasado a la realidad, es que tú y yo no estemos juntos.