domingo, 27 de septiembre de 2015

#4 Septiembre de barrera

A veces quisiera decirte que odio tu manera de pensar,
tu forma de ser,
tu indiferencia descarada.
Quisiera saber por qué la máscara no descansa,
por qué no dejas ver el interior,
por qué no me dejas.
A veces he intentado entrar,
y parece que casi he metido medio pie,
pero me doy la vuelta y vuelves a camuflarte.
A veces quisiera decirte que no te entiendo,
que por tu culpa no me entiendo,
que desequilibras mis sentidos.
Pero caigo en la cuenta de que son más las veces que no estás,
que las que has pasado por mí.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Como si la noche fuera para eso

El bar donde nos conocimos la semana pasada sigue igual,
la barra, las luces,
el baño.
Aquí se esconde la intensidad de la primera noche,
cuando salimos buscando el asiento trasero de tu coche.
Como si la noche fuera para eso
y los domingos por la tarde se limitaban a recordar lo que pasó
sin ganas de madrugar el lunes.
Hoy también es sábado por la noche y estoy al final de la barra
donde me pusiste la mano en la pierna,
pero esta vez tu coche no espera fuera;
mañana también será domingo pero yo no tendré resaca
ni me dolerán las piernas,
y el lunes madrugaré pensando que he desperdiciado este fin de
semana
por haber vuelto al lugar donde nos conocimos pensando que te
iba a ver
y que volvería a pasar.
Pero ya lo dijo Quique González,
la suerte es una ramera de primera calidad.

lunes, 6 de julio de 2015

En los bares

Siempre nos veíamos en el mismo bar,
yo sentada en la barra y él detrás.
Hablábamos, bebíamos,
y cuando nos emborrachábamos,
nos comíamos con la mirada 
hasta que una noche me llevó a su casa y todo comenzó a pasar.
La alegría de ver las sombras de su cuerpo sobre las sábanas de su cama,
y las huellas que dejaba yo en ellas.
El sudor y el vicio,
la emoción al impacto.
Sus manos que ya habían imaginado cómo robarme los suspiros
y crearme una tormenta.
El deseo no prestado que aumentaba por días a medida que subía el alcohol.
Las noches suicidas de dos
que necesitaban arrancarse una pena distinta
cada cual del cuerpo que le correspondía.
Y ya no hay sólo noches de barras de bar y sombras bajo el edredón,
sino días donde él seguía algo más que el vuelo de mi falda
y yo el arrecife de su boca.
Y mientras, la ciudad nos vigilaba de cerca
y veía nacer algo que aún no tenía nombre,
pero predecía que era un viaje muy largo.

jueves, 4 de junio de 2015

Con las ganas

Hace tiempo que no te escribo.
Ayer volví a escuchar la primera canción que me enseñaste.
¿La recuerdas?
Seguro que sí.
Llevaba tiempo sin ponerla,
no me atrevía,
no podía sabiendo que ya no es nuestra.
Cuando empezó a sonar,
cerré los ojos y por un momento pareció que era como antes,
pero acabé volviendo a la triste realidad.
Es esa canción,
esa maldita canción.
No sé por qué decidí escucharla otra vez,
si me dejaste con las ganas de decirte
lo mucho que iba a echarte de menos.
Y a día de hoy no encuentro cómo hacerlo,
si nunca contestas
y tampoco creo que vayas a hacerlo.
Esa canción debería dejar de existir
por hacerme recaer en esta realidad tan triste.
Pero lo más triste que le ha pasado a la realidad,
es que tú y yo no estemos juntos.



sábado, 16 de mayo de 2015

Sin salida

¿Sabéis esa sensación de dolor incómodo?
A veces llega alguien y por algún motivo tiene que irse. Y cuando se va deja abierta un herida bien grande.
Y escuece.
Y pasa el tiempo y no dejas de preguntarte que si sólo es una herida por qué escuece tanto. Hasta que llega el día en el que la herida ya no es más que una cicatriz.
A veces les coges cariño y las miras y no te arrepientes.
Porque te has curado tú sola,
o porque no te importó arriesgarte para hacerte daño.
Tienes que entender que no siempre las cosas salen bien,
o simplemente no salen.
Que por algún motivo llegará el día en que uno de los dos se descuelgue y mientras uno sigue caminando, el otro tiene que saber andar por sí mismo.
Y tu cabeza se empieza a llenar de preguntas de las que no obtienes una respuesta rápida,
y la mayoría empiezan con ese por qué que tanto nos cuesta.
Nos cuesta comprender que si todo estaba bien por qué tiene que acabar,
por qué el cuchillo que antes era de metal ahora es de plástico.
Entonces piensas que lo mismo debes volver a tener la ilusión de encontrarte en otros ojos,
de buscar otras manos,
de llenar los vacíos que en ti quedan.
Parece que tus ganas de volar también se esfumaron,
o se fueron con él y crees que se las llevó,
y tristemente sientes que alguien tiene que empujarte para que vuelvas a volar.
Pero la solución no está en sustituir a nadie,
porque pasan los años y los daños, y sabes que siempre hay alguien que aunque no esté, siempre va a quedar macado en tu memoria,
porque el amor se cocina a fuego lento
y el olvido es simplemente una palabra que se pronuncia siempre con los labios,
y pocas veces con el corazón.
Es esa sensación de echar a alguien de menos que está de más,
aunque en realidad no puedes odiarle,
y el caso es que no todo se acaba aunque él acabe.
Pero antes de todo eso tienes que saber coserte bien la herida,
no siempre resulta fácil pero puedes salvarte,
sólo tienes que agarrarte fuerte.