martes, 17 de marzo de 2015
jueves, 19 de febrero de 2015
19/02/2015
Me da miedo ver la realidad. Las cosas sin filtros, las personas sin cosméticos, sin abrigo.
Me asusta ver cómo los ideales de la gente de hoy en día se basan en ideales estéticos y no de corazón, de ideas. Que esas ideas no sean el reflejo de la mente, sino la continuación de un canon que tendemos a seguir porque alguien lo marca. De cómo nos convertimos en el reflejo de un muñeco de plástico.
Me da pánico pensar que mañana la música que escucho no será más que un zumbido en mis oídos. Pensar que quizá mañana deje de maquillarme por dentro para hacerlo por fuera, sin tampoco saber con demasiada exactitud a quién pretendo gustar olvidando gustarme a mí misma.
Siento pavor por no sentir tolerancia algún día con los demás porque nadie la tenga conmigo, dejar la empatía para disfrazarla con alguna máscara que intente ponerme a mí por delante.
Me alarma la ignorancia porque no quiero caer en ella, sentir que mis ideas pueden nublarse y no tener un paraguas a mano.
Me asombra que cada día las manos que quieren matar la cultura, la creatividad y el arte sean más fuertes y estén haciendo de todo ello algo inalcanzable sin que exista una fuerza mayor que logre combatirlas.
Tengo desconfianza de todos aquellos que me dicen lo que tengo que hacer; recelo por los que me posicionan por debajo de ellos y espanto por los que se acomodan en un escalón en el que no hacen nada por subir.
Pero lo que más me abruma, es la manera en la que la gente vive sin miedo a la incertidumbre.
Me asusta ver cómo los ideales de la gente de hoy en día se basan en ideales estéticos y no de corazón, de ideas. Que esas ideas no sean el reflejo de la mente, sino la continuación de un canon que tendemos a seguir porque alguien lo marca. De cómo nos convertimos en el reflejo de un muñeco de plástico.
Me da pánico pensar que mañana la música que escucho no será más que un zumbido en mis oídos. Pensar que quizá mañana deje de maquillarme por dentro para hacerlo por fuera, sin tampoco saber con demasiada exactitud a quién pretendo gustar olvidando gustarme a mí misma.
Siento pavor por no sentir tolerancia algún día con los demás porque nadie la tenga conmigo, dejar la empatía para disfrazarla con alguna máscara que intente ponerme a mí por delante.
Me alarma la ignorancia porque no quiero caer en ella, sentir que mis ideas pueden nublarse y no tener un paraguas a mano.
Me asombra que cada día las manos que quieren matar la cultura, la creatividad y el arte sean más fuertes y estén haciendo de todo ello algo inalcanzable sin que exista una fuerza mayor que logre combatirlas.
Tengo desconfianza de todos aquellos que me dicen lo que tengo que hacer; recelo por los que me posicionan por debajo de ellos y espanto por los que se acomodan en un escalón en el que no hacen nada por subir.
Pero lo que más me abruma, es la manera en la que la gente vive sin miedo a la incertidumbre.
domingo, 1 de febrero de 2015
#2 Febrero orgásmico
Te imagino como un equilibrista en mi boca,
sobre la cuerda floja de mis antojos,
en el asfalto de las horas caminando.
Trapecista en mis vértices,
donde puedes ser el polvo que ahí siempre queda,
muy dentro,
tanto que ni siquiera yo pueda sacarte.
Destrózame este febrero con algo de vida,
pero no me duelas.
sobre la cuerda floja de mis antojos,
en el asfalto de las horas caminando.
Trapecista en mis vértices,
donde puedes ser el polvo que ahí siempre queda,
muy dentro,
tanto que ni siquiera yo pueda sacarte.
Destrózame este febrero con algo de vida,
pero no me duelas.
miércoles, 21 de enero de 2015
lunes, 5 de enero de 2015
Creer, aunque sea en algo.
La ilusión reflejada en la mirada de un niño,
la incertidumbre de no saber qué te encontrarás al despertar la mañana siguiente,
las cartas en el buzón,
envoltorios de papel de regalo,
caramelos y disfraces.
Toda una ciudad llena de luces,
el ambiente y su ruido se comen el silencio,
hasta que todo desaparece al hacerse de noche.
Entonces sólo queda meterse en la cama y taparte hasta las orejas,
para después cerrar bien los ojos y desear lo que quieres.
Es el momento de hacernos creer a nosotros mismos que hemos sido realmente buenos,
que hemos cumplido.
Y todos esos deseos danzan,
hasta que se para la canción y te encuentras tirado debajo del árbol de navidad,
rompiendo el papel de regalo,
y tus ojos se dilatan llenos de anhelo, de fantasía,
de pensar que creer sirve de algo.
Es el momento de pensar que siempre es bueno creer en algo,
aunque sea empezando por ti mismo.
viernes, 26 de diciembre de 2014
Mirada introspectiva.
Día 26 del último mes del año.
He salido a la calle a respirar un poco de rayos de sol,
a imantarme.
Y he llegado a la conclusión de que quiero dedicar mi vida a ser poeta,
para embellecer mi historia y luego contarla.
Para dejar de tenerle miedo a las alturas,
a los precipicios.
al vacío y el silencio.
Para no odiar más los lunes
y olvidar que ese día fue domingo.
Tengo ganas de cantidad y de mundo,
de otra perspectiva,
de otro viento,
aunque a veces el mundo y las nubes no sean más que un bosque pasajero,
y yo sus raíces.
He salido a la calle a respirar un poco de rayos de sol,
a imantarme.
Y he llegado a la conclusión de que quiero dedicar mi vida a ser poeta,
para embellecer mi historia y luego contarla.
Para dejar de tenerle miedo a las alturas,
a los precipicios.
al vacío y el silencio.
Para no odiar más los lunes
y olvidar que ese día fue domingo.
Tengo ganas de cantidad y de mundo,
de otra perspectiva,
de otro viento,
aunque a veces el mundo y las nubes no sean más que un bosque pasajero,
y yo sus raíces.
viernes, 12 de diciembre de 2014
Conclusión en rojo
Esperar me desespera, y más si tengo prisa y justo se te pone un semáforo en rojo. Mientras esperaba a que toda la avalancha de coches pasara delante de mí, a pesar del ruido del tráfico y mirando de reojo el semáforo para cruzar en cuanto se pusiera en verde, al otro lado de la acera me he fijado sin querer en una pareja de ancianos que esperaban cogidos de la mano.
Es curioso cómo idealizamos algo que nos ata, algo que sin quererlo de un día para otro nos hace dependientes de alguien, sí, el amor.
Fuera de todas las cosas buenas que tiene el sentirse enamorado, no vemos más allá. El amor te debilita, te convierte en un ser vulnerable y maleable a las manos del otro, ese otro que te moldea según sus gustos, adaptando sus defectos a los tuyos y perfilando cada vértice de tu ser.
Y es aún más curioso como sentimos la incansable necesidad de encontrar a alguien que te haga con sus manos, que te moldee a su gusto dejando un hueco libre y vacío que pueda rellenar con su presencia. Porque el amor te hace dependiente, crea en ti una inestabilidad cósmica de la que solo no puedes salir porque sientes que no llegas, y te hundes en un foso donde a medida que se acerca la oscuridad, te haces más inseguro. Y es que algo peor que perderte en tu propio precipicio es caer en el abismo de alguien más.
Y a veces pasa que de tanto intentarlo llegas a entender el amor cuando ya estás muy dañado para sentirlo, y lo dibujas con la silueta de un corazón sin bordes. Porque el amor no tiene límites, tus sentimientos se convierten en un museo dentro de una isla donde dejas que esa persona nade. Naufraga hasta que ese mar se le queda pequeño y quiere surcar un océano, entonces ese insomnio placentero se transforma de manera maquiavelica en noches donde la ansiedad cae de plomo sobre tu almohada. Y te vuelves frágil.
Fallas y empiezas a recolectar trozos de todos esos egos que robaron una porción de ti y en pedazos amontonas las partes de esa persona que quieres que te vea envejecer año tras año hasta llegar cogidos de la mano a esperar en el otro extremo de un paso de peatones a que el semáforo deje de estar en rojo para cruzar. Cruzar la carretera de su vida que han recorrido juntos en una Vespa del 89 y sentir que caminas feliz como cuando encuentras a tu primer amor.
Ese primer amor que además de romperte el corazón, te rompe otras cosas.
Pero no me hagáis mucho caso, sólo son conclusiones que saco mientras espero debajo de un semáforo en rojo.
Es curioso cómo idealizamos algo que nos ata, algo que sin quererlo de un día para otro nos hace dependientes de alguien, sí, el amor.
Fuera de todas las cosas buenas que tiene el sentirse enamorado, no vemos más allá. El amor te debilita, te convierte en un ser vulnerable y maleable a las manos del otro, ese otro que te moldea según sus gustos, adaptando sus defectos a los tuyos y perfilando cada vértice de tu ser.
Y es aún más curioso como sentimos la incansable necesidad de encontrar a alguien que te haga con sus manos, que te moldee a su gusto dejando un hueco libre y vacío que pueda rellenar con su presencia. Porque el amor te hace dependiente, crea en ti una inestabilidad cósmica de la que solo no puedes salir porque sientes que no llegas, y te hundes en un foso donde a medida que se acerca la oscuridad, te haces más inseguro. Y es que algo peor que perderte en tu propio precipicio es caer en el abismo de alguien más.
Y a veces pasa que de tanto intentarlo llegas a entender el amor cuando ya estás muy dañado para sentirlo, y lo dibujas con la silueta de un corazón sin bordes. Porque el amor no tiene límites, tus sentimientos se convierten en un museo dentro de una isla donde dejas que esa persona nade. Naufraga hasta que ese mar se le queda pequeño y quiere surcar un océano, entonces ese insomnio placentero se transforma de manera maquiavelica en noches donde la ansiedad cae de plomo sobre tu almohada. Y te vuelves frágil.
Fallas y empiezas a recolectar trozos de todos esos egos que robaron una porción de ti y en pedazos amontonas las partes de esa persona que quieres que te vea envejecer año tras año hasta llegar cogidos de la mano a esperar en el otro extremo de un paso de peatones a que el semáforo deje de estar en rojo para cruzar. Cruzar la carretera de su vida que han recorrido juntos en una Vespa del 89 y sentir que caminas feliz como cuando encuentras a tu primer amor.
Ese primer amor que además de romperte el corazón, te rompe otras cosas.
Pero no me hagáis mucho caso, sólo son conclusiones que saco mientras espero debajo de un semáforo en rojo.
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