Te imagino como un equilibrista en mi boca,
sobre la cuerda floja de mis antojos,
en el asfalto de las horas caminando.
Trapecista en mis vértices,
donde puedes ser el polvo que ahí siempre queda,
muy dentro,
tanto que ni siquiera yo pueda sacarte.
Destrózame este febrero con algo de vida,
pero no me duelas.
domingo, 1 de febrero de 2015
miércoles, 21 de enero de 2015
lunes, 5 de enero de 2015
Creer, aunque sea en algo.
La ilusión reflejada en la mirada de un niño,
la incertidumbre de no saber qué te encontrarás al despertar la mañana siguiente,
las cartas en el buzón,
envoltorios de papel de regalo,
caramelos y disfraces.
Toda una ciudad llena de luces,
el ambiente y su ruido se comen el silencio,
hasta que todo desaparece al hacerse de noche.
Entonces sólo queda meterse en la cama y taparte hasta las orejas,
para después cerrar bien los ojos y desear lo que quieres.
Es el momento de hacernos creer a nosotros mismos que hemos sido realmente buenos,
que hemos cumplido.
Y todos esos deseos danzan,
hasta que se para la canción y te encuentras tirado debajo del árbol de navidad,
rompiendo el papel de regalo,
y tus ojos se dilatan llenos de anhelo, de fantasía,
de pensar que creer sirve de algo.
Es el momento de pensar que siempre es bueno creer en algo,
aunque sea empezando por ti mismo.
viernes, 26 de diciembre de 2014
Mirada introspectiva.
Día 26 del último mes del año.
He salido a la calle a respirar un poco de rayos de sol,
a imantarme.
Y he llegado a la conclusión de que quiero dedicar mi vida a ser poeta,
para embellecer mi historia y luego contarla.
Para dejar de tenerle miedo a las alturas,
a los precipicios.
al vacío y el silencio.
Para no odiar más los lunes
y olvidar que ese día fue domingo.
Tengo ganas de cantidad y de mundo,
de otra perspectiva,
de otro viento,
aunque a veces el mundo y las nubes no sean más que un bosque pasajero,
y yo sus raíces.
He salido a la calle a respirar un poco de rayos de sol,
a imantarme.
Y he llegado a la conclusión de que quiero dedicar mi vida a ser poeta,
para embellecer mi historia y luego contarla.
Para dejar de tenerle miedo a las alturas,
a los precipicios.
al vacío y el silencio.
Para no odiar más los lunes
y olvidar que ese día fue domingo.
Tengo ganas de cantidad y de mundo,
de otra perspectiva,
de otro viento,
aunque a veces el mundo y las nubes no sean más que un bosque pasajero,
y yo sus raíces.
viernes, 12 de diciembre de 2014
Conclusión en rojo
Esperar me desespera, y más si tengo prisa y justo se te pone un semáforo en rojo. Mientras esperaba a que toda la avalancha de coches pasara delante de mí, a pesar del ruido del tráfico y mirando de reojo el semáforo para cruzar en cuanto se pusiera en verde, al otro lado de la acera me he fijado sin querer en una pareja de ancianos que esperaban cogidos de la mano.
Es curioso cómo idealizamos algo que nos ata, algo que sin quererlo de un día para otro nos hace dependientes de alguien, sí, el amor.
Fuera de todas las cosas buenas que tiene el sentirse enamorado, no vemos más allá. El amor te debilita, te convierte en un ser vulnerable y maleable a las manos del otro, ese otro que te moldea según sus gustos, adaptando sus defectos a los tuyos y perfilando cada vértice de tu ser.
Y es aún más curioso como sentimos la incansable necesidad de encontrar a alguien que te haga con sus manos, que te moldee a su gusto dejando un hueco libre y vacío que pueda rellenar con su presencia. Porque el amor te hace dependiente, crea en ti una inestabilidad cósmica de la que solo no puedes salir porque sientes que no llegas, y te hundes en un foso donde a medida que se acerca la oscuridad, te haces más inseguro. Y es que algo peor que perderte en tu propio precipicio es caer en el abismo de alguien más.
Y a veces pasa que de tanto intentarlo llegas a entender el amor cuando ya estás muy dañado para sentirlo, y lo dibujas con la silueta de un corazón sin bordes. Porque el amor no tiene límites, tus sentimientos se convierten en un museo dentro de una isla donde dejas que esa persona nade. Naufraga hasta que ese mar se le queda pequeño y quiere surcar un océano, entonces ese insomnio placentero se transforma de manera maquiavelica en noches donde la ansiedad cae de plomo sobre tu almohada. Y te vuelves frágil.
Fallas y empiezas a recolectar trozos de todos esos egos que robaron una porción de ti y en pedazos amontonas las partes de esa persona que quieres que te vea envejecer año tras año hasta llegar cogidos de la mano a esperar en el otro extremo de un paso de peatones a que el semáforo deje de estar en rojo para cruzar. Cruzar la carretera de su vida que han recorrido juntos en una Vespa del 89 y sentir que caminas feliz como cuando encuentras a tu primer amor.
Ese primer amor que además de romperte el corazón, te rompe otras cosas.
Pero no me hagáis mucho caso, sólo son conclusiones que saco mientras espero debajo de un semáforo en rojo.
Es curioso cómo idealizamos algo que nos ata, algo que sin quererlo de un día para otro nos hace dependientes de alguien, sí, el amor.
Fuera de todas las cosas buenas que tiene el sentirse enamorado, no vemos más allá. El amor te debilita, te convierte en un ser vulnerable y maleable a las manos del otro, ese otro que te moldea según sus gustos, adaptando sus defectos a los tuyos y perfilando cada vértice de tu ser.
Y es aún más curioso como sentimos la incansable necesidad de encontrar a alguien que te haga con sus manos, que te moldee a su gusto dejando un hueco libre y vacío que pueda rellenar con su presencia. Porque el amor te hace dependiente, crea en ti una inestabilidad cósmica de la que solo no puedes salir porque sientes que no llegas, y te hundes en un foso donde a medida que se acerca la oscuridad, te haces más inseguro. Y es que algo peor que perderte en tu propio precipicio es caer en el abismo de alguien más.
Y a veces pasa que de tanto intentarlo llegas a entender el amor cuando ya estás muy dañado para sentirlo, y lo dibujas con la silueta de un corazón sin bordes. Porque el amor no tiene límites, tus sentimientos se convierten en un museo dentro de una isla donde dejas que esa persona nade. Naufraga hasta que ese mar se le queda pequeño y quiere surcar un océano, entonces ese insomnio placentero se transforma de manera maquiavelica en noches donde la ansiedad cae de plomo sobre tu almohada. Y te vuelves frágil.
Fallas y empiezas a recolectar trozos de todos esos egos que robaron una porción de ti y en pedazos amontonas las partes de esa persona que quieres que te vea envejecer año tras año hasta llegar cogidos de la mano a esperar en el otro extremo de un paso de peatones a que el semáforo deje de estar en rojo para cruzar. Cruzar la carretera de su vida que han recorrido juntos en una Vespa del 89 y sentir que caminas feliz como cuando encuentras a tu primer amor.
Ese primer amor que además de romperte el corazón, te rompe otras cosas.
Pero no me hagáis mucho caso, sólo son conclusiones que saco mientras espero debajo de un semáforo en rojo.
miércoles, 10 de diciembre de 2014
Diciembre
Este mes me llena tanto de nostalgia que me asusta. Es raro porque quizás venga por ver cómo el tiempo corre delante de ti y no haces nada por impedirlo, o peor aún, no haces nada por aprovecharlo.
Al llegar diciembre me prometo tantas cosas, tantas que ellas mismas se caen por su propio peso. La mayoría surgen de mis ganas de huir de los errores cometidos a lo largode los años del año. Se trata de tachar todo aquello que pueda volver a dolerme, y siempre acabo prometiéndome que es la última vez.
Es el momento de engañarme convenciéndome de que es la última vez que le escribo, es la última vez que me emborracho, es la última vez que tomo tanto café, es la última vez que me engaño...
Siempre es la última vez.
Al llegar diciembre me prometo tantas cosas, tantas que ellas mismas se caen por su propio peso. La mayoría surgen de mis ganas de huir de los errores cometidos a lo largo
Es el momento de engañarme convenciéndome de que es la última vez que le escribo, es la última vez que me emborracho, es la última vez que tomo tanto café, es la última vez que me engaño...
Siempre es la última vez.
viernes, 28 de noviembre de 2014
Pesadilla 1#
Siempre miro por la ventana del autobús
intentando perderme por la carretera, acortando el trayecto a mi
manera y trasladándome al punto en el que se funden el cielo y el
mar.
Pero hoy no es martes y tampoco es
abril, hoy es un día cualquiera y yo me pregunto por qué no estás,
o más bien debería preguntarme por qué no has vuelto. Todo el
mundo me pregunta por ti y yo ya no sé qué contestar porque tampoco
sé por qué te fuiste. Y solo recuerdo aquel día como aquel en el
que quería haberme hundido en la arena, lo recuerdo por tu cara que
se parecía a esos cuadros que no entiendo, quizás por el enfado que
me llevé cuando llegué a casa, quizás por el dolor que sentí
luego.
Pero hoy estoy a dos metros del delirio
porque por más que busco no encuentro una razón por la que sacarte
de mi cabeza, por dejar atrás el capricho de recordarte.
Es ese momento de angustia cuando tus
ansias de beberte el mar no te dejan tragar más agua y el huracán
de anoche antes de la hora de dormir consiguió llevarse todos tus
recuerdos,
solo te deja el dolor y el vacío
indagado en el pecho,
y la cruda realidad de que al despertar
de la pesadilla no hay alivio.
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