sábado, 5 de abril de 2014

Sin sentido y de corazón escribo. Aunque ni yo me entienda.

Estoy acostumbrada a verme morir por dentro, a verme la cara sin motivos, a sentir la lengua de piedra. Escribía cartas desde el círculo polar y recibía notas desde los infiernos.
Entre tanto y poco mataba las ganas de acabar la maleta para marcharme y dejar mis letras con poesía allá donde alguien las entienda, o me entienda.
Pero no me hundo, porque de un tiempo a esta parte comprendí que lo mejor aun queda por delante. En realidad no tengo a quien odiar, quizás es esa sensación de echar de menos cuando algo está de más. Cuando todo lo está, además de mí.
Me baso en viejas canciones, en historias antiguas que inventé o ya estaban empezadas y me limité a continuar. Escribo ciega y sin argumentos, con el corazón sordo porque chillé tan fuerte que lo dejé exhausto, sin fuerzas ni para tan siquiera recomponerse. Dicen que el grito siempre vuelve y yo lo siento en mi cabeza como un zumbido que se repite en mi mente de forma intermitente. Ha llegado al punto de marcar mis latidos y recordarme que sobrevivo de la mano de viejas historias incompletas, que no acabé por miedo a terminar y no tener otro punto de inspiración cuando cojo el lápiz. El mismo lápiz que adorna las paredes de mi habitación y me arropa del frío, el que me pega contra la puerta para convencerme a mí misma de ser valiente.
Me he peleado tantas veces con el tiempo, apaciguando mi ansiedad para intentar encerrarlo todo en un solo momento. Ahora cambio este puñado de segundos para poder perderme entre los ojos de la gente como lo hago entre letra y letra. Por esconderme en mi risa y evitar las lágrimas que parecen lluvia.
Ahora me acaricio yo por dentro.




jueves, 20 de marzo de 2014

Florecer.

Perdóname soledad, pero necesitaba un recuerdo que me hiciera compañía. Lo he buscado en la distancia y lo hallé en mi tiempo, tiempo que mido en cicatrices.
El frío me abandona y no sé florecer.
Estoy aprendiendo, lo estoy intentando.
He dejado de seguir paso a paso mi camino hacia la autodestrucción, porque el miedo me asfixia cuando empiezo a acercarme a la marea que trae y se lleva mis delirios, en un tibio balanceo de idas y venidas, de noches en vela, de no saber, de no pensar.
Después de tanto tiempo y llegados a este punto, he llegado a la conclusión de que ni el más gélido frío pudo sacarme del descenso continuo y de tanta espiral de tristezas. Pero tristeza es envejecer sin sabiduría y sin haber dejado huellas en la arena. Son esos tropiezos, algunos nos hacen más humanos y otros en cambio nos insensibilizan.
Pero mira qué irónicas las cosas, soledad, mientras huías te he ido cosiendo a mi clavícula. Sin maquillar esas cicatrices de todas las heridas y golpes que recibí y acabé siendo polvo.
Polvo hecho flor, respiro profundo y tomo aire. Parpadeo y por más que miro a mi alrededor no hallo el miedo que tenía a la sobreexplosión. 
Despido los inviernos que siempre tatúo en mi piel, aguardan al próximo mientras la balanza de ropa se hace pluma y dejo que los rayos del sol me den luz, porque soy orilla de un abismo que no conoce su profundidad por haber quedado ciega.
Es este hablar de dolor lo que menos duele, porque todo lo demás se ha hecho insoportable. Y ahora me cubro de amuletos para que la marea no me ahogue y que no llegue a apretar mis vértices.
Y esta antítesis brutal me mantiene alerta.
Quizás haya sido el invierno más frío, quizás..

Quizás ya haya aprendido a florecer por mí misma.

sábado, 8 de febrero de 2014

En el cuarto traste de una guitarra.

He restablecido la luz en los rincones vacíos de mi inspiración.
Lo hacía mientras nos electrificábamos al investigarnos con los pies descalzos.
Mil y un sueños de ciencia ficción, mi voluntad disoluble apretada con una cejilla.
Sé que estoy hecha de algún polvo y sé que al polvo he de volver,
pero nunca tengo claro si era mágico, estelar o suciedad.

sábado, 1 de febrero de 2014

Febrero también merece ser escrito.

Febrero es el mes del polvo, de las ruinas y las cenizas.
Es el ruido que produce el silencio y te revienta los tímpanos y por mucho que grites no puedes escuchar nada. Es el eco que se difumina en el pasado tatuado en forma de recuerdos enviados por postal a esa casa en ruinas que es tu cabeza. El desequilibrio de lo estático, la adicción a la contradicción y otras ambigüedades profundas que dejan marca en la piel. Es la caída desde el cielo en un día nublado y el vértigo al mirar desde el filo del precipicio.
Febrero es ese suspiro. Es el suspiro por el que se pierde toda la fuerza, es fragilidad, sencillez y el comienzo para dejar de ser vulnerable al frío del desierto. Gélido, implacable y duro, la base de otro pilar que será puesto a prueba por el viento. El mismo viento que revolotea en tu pelo, lo enreda y crea un laberinto de nudos que se enreda entre tus dedos.
Es el ronroneo de aquel gato color gris atigrado que se duerme en mi balcón al atardecer.
Febrero es el mes del desastre, del derrumbe.
El polvo que queda después del incendio de aquel fuego que además de quemar el oxígeno, quema las palabras. 
Ese polvo que son las cenizas de las ruinas del desastre, de las que renacemos cada año.

martes, 3 de diciembre de 2013

Yo no quiero hablar de ti, no quiero hablar de mí.

El día que vuelva a escribir tal vez lo haga sobre ti,
sobre tus sonrisas a media tarde, sobre el cabreo que pillé aquel día,
sobre lo triste que estuve, o lo incomprendida.
Tal vez escriba sobre él, sobre tu ingenuidad,
sobre su ignorancia general o sobre mí,
sobre la pobreza, la falta de ímpetu,
la fragilidad sin elegancia.
Esa fragilidad que me deja contra el sofá y no me deja hacer ninguna cosa.
Tal vez hable de todas las verdades, tal vez de otras.

Pero mientras dejaré que mis vaguezas venzan,
a cualquier otro impulso
y así no pensar en todas esas cosas sobre las que debería estar escribiendo.



Sigo durmiendo dentro de aquella noche fría.”

sábado, 30 de noviembre de 2013

La fabulosa historia de una pareja tóxica.

El fin de semana que no paró de llover sólo pude sentirme como peces de ciudad.
Con las ganas de piscinas en verano pero teniendo ante mí la llegada de diciembre. Mientras, en la habitación, escucho la canción más fea del mundo e imagino que tú me llevas a la playa. Ahora que te dejo de imaginar, siento que somos frágiles, que esta ciudad es el lugar donde viene a morir el amor.
Aunque yo te vi primero, tengo que aceptarlo y decirte adiós. Aún así, déjame que sonría, que no llore el sol, porque ésto no es un funeral, simplemente son cosas del invierno.

lunes, 28 de octubre de 2013

Desvaríos constantes y huidas de vuelta.

Hoy he vuelto aquí, al sitio de siempre, al rincón de mis memorias y desvaríos donde en la mayoría de los casos se encuentra.
Aquí, donde le guardo, aquí donde se guardan las cosas puras, las que no se pierden jamás. Yo que suelo mantener su nombre guardado, sin darme la oportunidad de nombrarlo, y es que resulta que la desilusión también sirve de alimento, aunque los vacíos existenciales nunca se llenan, solo se camuflan. Yo siempre me estoy yendo y sin embargo sigo aquí, a veces se muere de amor y vives para contarlo y otras simplemente tiras de la melancolía para alimentarte a ti misma, sin tener que pedir ayuda a nadie. A esa distancia me sentía bien, desde la orilla, sentada, con el viento fuerte en la cara, el pelo despeinado y cerca de mar. No tengo remedio para mí misma, ni para mí ni para esta angustia. 

Con el tiempo he aprendido a caer y levantarme. He subido a montañas en un proceso lento, y cuando he estado en la cumbre, he vuelto a caer al vacío tirándome por el precipicio, de tu boca. También aprendí que a veces se rompe algo por dentro sin hacer ningún ruido, y otras, nos ensordece el estruendo, como si anunciara a la tempestad. La tempestad de aquel pobre que habla sin oírse, porque o bien no tiene nada que decir o por otra parte no tiene a la persona adecuada para recibir esas palabras, que cobran sentido al ser escuchadas por alguien. Me reencuentro contigo para darle sentido a mis recuerdos, al saber que cada uno está hecho de esas cosas que ya no son y una vez fueron, fueron uno. 
Fueron otoño y mariposas, un viaje a Lisboa pasando por mi habitación, recorriendo tus venas, días en el parque, viviendo incendios de nieve y cruzando el camino de esa "Fabulosa historia de..." para acabar en una pareja tóxica llenos de polvo y flores. Mi piel blanca adornada por un grupo de lunares a cada esquina de mi espalda que a falta de arena, consume lo que queda de mí, al igual que el paso del tiempo. El tiempo en el que se consume una canción, canciones que son verdades. En mi caso la verdad es que olvidarte significa renunciar a mí misma, olvidar que estoy hecha pedazos que ahora están dispersos, pero pedazos hechos según el molde de tus manos.
Llegados a este punto no tengo ni conclusiones, cabe la esperanza de que cuando aprendamos a hacerlo mejor, no necesitaremos de tanta compañía y de malgastar tanto sentimiento para hacer el intento de vernos reflejados en otros ojos. Tristeza es cansarme de borrar lo que escribo sabiendo que, aunque no tiene sentido, por dentro la tinta es indeleble.
Voy a romper tus ventanas y voy a entrar como el aire. Porque eso es lo único que no se ha consumido. La próxima vez que vuelva a escribir prometo no volver a hablar de amor, aunque no prometo que no hablaré de él.
Mantendré los ojos cerrados  por si regresas a mis recuerdos, porque lo que no vuelve, a veces mata.